Battambang: una joya de la Camboya rural

Cuando hablamos de Camboya lo primero que invade nuestra mente es Angkor, y no es de extrañar; pero este territorio asiático es mucho más que templos antiguos y ciudades abarrotadas de turistas en búsqueda de cerveza barata y platos de curry. Basta con salir un poco de su capital Phnom Penh y de la ruidosa Siem Reap para darse cuenta que Camboya esconde en su interior auténticas maravillas naturales, gente hospitalaria y mucha historia.

Battambang fue sin duda la joya de nuestro paso por este país. Esta ciudad ubicada al noreste, muy cerca de la frontera con Tailandia, es la muestra perfecta de la Camboya rural y auténtica. A pesar de ser conocida entre los viajeros, no todos los que visitan el país llegan a ella, lo que la hace un poco más amable.

La ciudad es perfecta para conocer a fondo sobre la historia de los brutales y bárbaros Jemeres Rojos, perderse en sus arrozales vastos y tranquilos, visitar cuevas misteriosas, observar la fauna rabiosa y ver cómo lagos y ríos dan vida a un país grandioso. No podemos olvidarnos de la comida, que a pesar de sus fuertes similitudes con la tailandesa, tiene su carácter propio y te seduce apenas la pruebas.

Battambang nos mostró parte de la esencia camboyana de diversas maneras:

  1. Nos emocionamos con el verde de sus arrozales, los atravesamos a bordo de un tuk tuk mientras nos llenábamos de polvo la cara y las sonrisas.

Arrozales en Battambang, Camboya

  1. Aprendimos el proceso artesanal a través del cual se fabrica el papel de arroz comestible, ese que sirve de ingrediente principal para uno de nuestros platos favoritos de todo Asia: los rollitos de primavera frescos o spring rolls, rellenos de cerdo, vegetales, hierbas, brotes de soja y acompañados de salsa de cacahuetes.
Rollitos frescos o spring rolls de papel de arroz
Rollitos frescos o spring rolls de papel de arroz
Fábrica artesanal de papel de arroz comestible
Fábrica artesanal de papel de arroz comestible
Dándole forma al papel de arroz
Dándole forma al papel de arroz
El papel secándose al aire
El papel secándose al aire
Una lámina de papel de arroz comestible recién hecha
Una lámina de papel de arroz recién hecha
  1. Vimos volar a cientos de miles de murciélagos a la hora del atardecer mientras salían de su cueva. Fue un encuentro cercano con la magia de la naturaleza, a pesar de estar en una ciudad. Ese sonido y la enorme cantidad de animalitos haciendo figuras en el cielo será, sin duda, algo difícil de olvidar.
Murciélagos en Battambang, Camboya
Los murciélagos justo después de salir de su cueva

Murciélagos en Battambang, Camboya

  1. Pero no solo vimos a los diminutos murciélagos salir de su cueva. También vimos muy de cerca a los famosos zorros voladores o murciélagos de la fruta, quienes son los más grandes de su especie, llegando a tener hasta 2 metros de longitud. Nos quedamos perplejos, allí debajo del árbol, admirando su magnitud, su color negro intenso y chirrido agudo.
Zorros voladores o murciélagos de la fruta
Zorros voladores, los murciélagos más grandes del mundo
  1. Subimos montañas empinadas para ver templos y pagodas budistas en lo alto y acabar con vistas de un valle verde que cortaban la respiración.

Vistas del valle en Battambang, Camboya

  1. Atravesamos puentes de infarto, con el paso lento y dudoso, mientras mirábamos atónitos cómo los motorizados lo cruzaban sin piedad alguna. Fuimos testigos de cómo el agua es primordial para el desarrollo de toda una comunidad, utilizándola como fuente de vida y medio de transporte.

Vistas del lago Tonlé Sap en Battambang

Vistas del lago Tonlé Sap en Battambang

  1. Visitamos lugares que no han debido existir nunca, pero que lamentablemente existieron. Lugares que aunque hubiesen sido derribados, nunca podrán irse del todo de las memorias y corazones de quienes vivieron la barbarie causada por los Jemeres Rojos.
Monumento a las víctimas del genocidio de los Jemeres Rojos
Monumento a las víctimas

A pesar de ser una visita cruda, creemos que es imprescindible vivirlo de cerca y no dejar nunca de lado esa parte de la historia. Hay que hacerse eco de sucesos tan terribles para evitar que se vuelvan a repetir. Acercarse a la gente y escuchar de primera mano sus historias. No olvidar nunca que para entender el presente hay que echar un vistazo al pasado.

  1. También aprendimos a hacer vino de arroz artesanal y arrugamos un poco la cara al probarlo. No es fácil engullir tanto alcohol a tempranas horas de la mañana 😉
Probando el vino de arroz
Probando el vino de arroz
  1. Entramos a una casa de familia que fabrica manualmente fideos de arroz y luchamos con las ganas de no meterle la mano a ese cuenco de fideos frescos y perfectos.
Fideos de arroz recién hechos
Fideos de arroz recién hechos
  1. Nos enamoramos de la hospitalidad de su gente y de esa dueña de una guesthouse de ensueño, que se desvivía por mostrarnos su cultura a través de la comida, ofreciéndonos un desayuno casero distinto cada día y que iban cargados, no solo de ingredientes frescos, sino de todo el amor y dedicación que sienten los camboyanos al recibirte en sus casas.
Desayuno camboyano en la guesthouse
Desayuno camboyano en la guesthouse
  1. Nos detuvimos a orillas del camino para probar un snack delicioso y típico camboyano: arroz dulce con judías negras cocido dentro de una caña de bambú.
Bamboo rice en Camboya
Las cañas de bambú donde se cocina el arroz

Bamboo rice en Camboya

Y fue así como quedamos prendados de una Camboya autóctona, genuina, con sus paisajes vírgenes, gente luchadora y belleza inspiradora. Si visitas un lugar, no dudes nunca en desviarte de las rutas preestablecidas y atrévete a mirar de cerca eso que solo unos pocos logran ver.

 

 

Una visita a Angkor: ¿sueño o realidad?

Si estoy soñando, solo pido que por favor, no me despierten. Visitar la ciudad antigua de Angkor es una de esas experiencias que mientras la vives, no sabes si estás realmente despierto. Será por esas tantas veces que viste fotos, que escuchaste historias, o por lo mucho que llegaste a idealizar el lugar.

Lo cierto es que, soñando o no, llegamos a Siem Reap, la ciudad base para visitar a la que llaman la octava maravilla del mundo. Ese sitio que alberga montones de joyas arquitectónicas, ese lugar que te hace sentir minúsculo ante tanta monumentalidad, esa ciudad donde las piedras puestas por el hombre se entremezclan con la selva profunda.

Fue una bicicleta que chirriaba la que nos sirvió de transporte. Recorrimos unos cuantos kilómetros desde la caótica Siem Reap hasta encontrarnos con la paz de Angkor. En el camino de tierra rojiza, rodeados de árboles gigantes que regalaban sombra, íbamos sintiendo el aire fresco, ese que sopla justo antes del amanecer.

Mientras el cielo se iba tornando de color rosa, íbamos serpenteando la ruta entre mariposas, esquivando a las más veloces, persiguiendo sin éxito a las más coloridas y disfrutando de las más extrovertidas que alcanzaban a posarse sobre nosotros para acompañarnos por unos segundos.

Acelerábamos el paso para que el sol no nos ganara la carrera y poder posarnos frente al majestuoso Angkor Wat, el edificio religioso más grande del mundo, y presenciar el amanecer. Con el sol ya iluminando, nos perdimos por los pasillos de ese gigante y contemplamos sus jardines llenos de flores de loto y enormes hojas.

Angkor Wat, el edificio religioso más grande del mundo
Angkor Wat, el edificio religioso más grande del mundo

También nos deslumbramos con los muchos rostros que parecen vigilar toda la ciudad antigua desde el maravilloso Templo Bayón. Sus tallas perfectas, sus torres intimidantes y su geometría exacta nos dejaron atónitos. Salimos de él, mirando muchas veces atrás para que no se nos olvide semejante estampa. Seguimos el recorrido, compartiendo camino con monos hambrientos que se posan a las orillas de la carretera esperando cazar algo para llevarse a la boca.

Templo Bayón
Templo Bayón

Templo Bayón en Angkor

Miraba los árboles del camino, tratando de contar los metros hacia arriba pero se hacía imposible, algunos se perdían de vista. Tenía miedo de que cualquiera pudiese despertarme y perderme para siempre esa experiencia liberadora de pedalear por un lugar indescriptible.

Parte del majestuoso Angkor Wat
Parte del majestuoso Angkor Wat

Llegamos al Preah Khan, donde nos damos cuenta cómo Angkor es la muestra fehaciente de que la vida siempre encuentra una manera de surgir. La fuerza de la naturaleza y su poderío por encima del hombre se muestra a la perfección en este terreno invadido por árboles centenarios, que no dudaron ni un segundo en abrirse paso entre edificios. Hay evidencia del paso del tiempo sobre cada piedra que ha cambiado de color, o que ha sido invadida por el liquen; sobre cada larga raíz que necesitó más de cien años para alcanzar su tamaño o para rodear lo que fuese que se encontrara a su paso.

Templo Preah Khan
Templo Preah Khan

Templo Preah Khan

Visitar esta maravilla del mundo antiguo puede ser físicamente agotador, sobre todo si se escoge hacerlo en bicicleta, la manera más ecológica y a mi parecer, más interesante. Pero ni el cansancio de los 20 kms recorridos en un día, ni los 35 grados de temperatura, ni los cientos de escalones templo arriba podrán opacar la experiencia de ver con tus propios ojos uno de los lugares más extraordinarios del mundo.

Camino a Angkor

Toca regresar, mañana será otro día y siempre habrá más templos por ver. Volvemos por el mismo camino, ese que nos saludó muy temprano en la mañana con mariposas y pájaros cantarines. Esta vez son los niños que vuelven del colegio en sus bicicletas, algunos te saludan, otros te retan a pedalear más rápido que ellos; no es hasta que uno de ellos te grita un “hello” que te das cuenta de lo despierto que estás, que no ha sido un sueño, que estuviste en Angkor y que no hay peligro, nadie podrá despertarte.

Angkor, Camboya