¿Por qué abrimos un blog de viajes? (Si ya hay tantos)

Blogs de viajes hay muchos; cientos, miles, muchos. Están los que te bombardean con tips y consejos, esos a los que siempre acudes para saber qué ver en cada sitio al que vas. Están los que tienen fotos malas pero historias buenas. Están aquellos en donde sus autores hablan con el corazón más que con la razón. También están esos que solo piensan en generar visitas para cobrar por publicidad, y se les nota.

En fin, los hay de todos los colores. Y a pesar de eso, nosotros nos decidimos a hacer uno más. Sin embargo, si dejamos de crear porque ya muchos otros lo han hecho, demasiadas cosas buenas no existirían.

Creo fielmente que no hay que tener tantas razones de peso para hacer algo, basta con que tu corazón te diga que lo hagas, y así, ya tendrás la razón más importante. Aun así, hice una lista de esas que tantos nos gustan, enumerando las razones del por qué nos decidimos a hacer un blog de viajes:

  1. Porque me di cuenta, hace ya mucho tiempo, de que no puedo vivir sin escribir y en mis viajes encontré la excusa perfecta para hacer lo que amo.
  1. Porque nos apasiona viajar y creemos que todos los lugares visitados se merecen una pequeña oda.
Arrozales en Bali
¿Cómo no rendirle homenaje a lugares como estos?
  1. Porque revivo cada instante, cada ruta, cada paso cuando hablo de ello.
  1. Porque queríamos tener una bitácora personal de nuestros movimientos viajeros.
  1. Porque nos gusta contar historias; a mí a través de las letras y a Luis a través de fotografías (aunque yo también me atreva a disparar con la cámara y el teléfono, pero no lo hago tan bien como él).
  1. Porque si quieres hacer algo, lo haces. No importa si ya hay muchos haciéndolo, siempre habrá espacio para todos.
  1. Porque nos encanta hablar mil veces de nuestros viajes y experiencias y si lo hacemos a través de una ventana digital, evitamos aburrir a amigos y familiares contando lo mismo una y otra vez (aunque esto lo seguimos haciendo, no hay remedio).
  1. Porque todos tenemos una visión distinta y qué bonito es que todos la mostremos sin competencia.
  1. Porque a pesar de tener muy buena memoria fotográfica, no confío plenamente en ella y hay momentos vividos que simplemente no quiero que se borren.
Malaca de noche
Malaca, Malasia
  1. Porque no nos importa que nos lean solo unos pocos, mientras logremos emocionar y alentar al que lo hace, ya nos damos por satisfechos.
  1. Porque siempre hemos querido tener un blog de viajes.
  1. Y… ¿por qué no?

Tailandia: vivir la saturación

Mucho se ha hablado y se seguirá hablando de Tailandia. Es un país turístico por excelencia, pero afortunadamente, cada viajero, cada turista, cada visitante es único y así mismo lo es su experiencia. Nosotros hemos venido a vivir el país a nuestra manera, dejándonos empapar de todo aquello que esta esquina del mundo quiera lanzarnos.

Postales de Tailandia
Tailandia inspira

Tailandia no es solo historia y religión. Tailandia es saturación de colores, aromas, sensaciones. El sentido de la estética existente en este país es apabullante. Prestar atención al más mínimo detalle aquí es una regla, que la aplican desde la señora que vende dulces en su humilde puesto callejero, hasta los restaurantes más elegantes.

Wat Phan Tao, uno de los templos más bellos de Chiang Mai
Wat Phan Tao, uno de los templos más bellos de Chiang Mai

Bangkok, Tailandia

En Tailandia se siente la fascinación por el color en cada esquina. Telas con estampados vibrantes, flores con tonos que te dejan helado. Aquí, todo parece que ha sido pasado por un filtro de color. Al fin y al cabo, si algo tiene el trópico, es su bondad a la hora de regalar diversidad, naturaleza y luz.

Orquídeas tailandesas
Detenerse a ver las flores siempre es buena idea

La dedicación mostrada por el tailandés en cada diseño, en cada patrón, en cada mural de cada templo te habla de su carácter. El cuidado de las líneas, de los materiales, de las formas, hace que viajar por este país sea un shot de energía para la mente y el espíritu.

Interiores de un templo en Bangkok
Interiores de un templo en Bangkok

No es de extrañar que el arte forme parte esencial de la cultura cuando la naturaleza que rodea al país es ferozmente bella. El tratar de imitarla siempre da paso a un gran abanico artístico que el tailandés bien ha sabido preservar.  Aquí la espiritualidad y la madre tierra se convierten en una musa perfecta.

Playa en Krabi Tailandia
Railay, Krabi

Aquí hasta el más dormido encuentra inspiración, ya sea viendo, oliendo o sintiendo; hay miles de maneras de dejarse llevar. Si algo me ha enseñado mi paso por este verde país, es a entregarme. Sentir cómo cruje una masa frita rellena de cerdo, cómo te enfría la sien el smoothie de mango o cómo se te eriza la piel con la acidez del tamarindo; los sabores de Tailandia nublan la mente. Oler las flores, caminar las calles más recónditas, sonreírle a todos ya que seguro alguno, o más de uno, te devolverá la sonrisa.

Colores de Tailandia
Colores de Tailandia

No importa si no eres una persona de fe, admirar cómo cada tailandés vive la suya es sinónimo de respeto. Es darte cuenta que cada ser humano vive con su verdad y nadie debe juzgarla.  Abrirse a todos los dioses venerados, observar que la fe, aunque no la veamos o la sintamos, para muchos, sí que puede mover montañas.

Ayutthaya Tailandia
La antigua ciudad de Ayutthaya
Gran Buda reclinado en Wat Pho, Bangkok
Gran Buda reclinado en Wat Pho, Bangkok

Tailandia para mí siempre será ese trópico abarrotado de arte budista y con monos viviendo a sus anchas, ese primer contacto con este continente asiático tan ansiado por años; ese paseo mágico entre elegancia, tradición y religión. La intensidad de este país se te queda plasmada en la mente, en la piel, en el corazón. Estando aquí eres testigo de cómo todo lo que nos rodea proyecta color cuando le da la luz. El color es sinónimo de movimiento, de encanto, de vida. Y si algo tiene el Reino de Siam, es eso, mucha vida.

Monos en Railay
Monos libres por las playas de Railay

Pagoda en templo de Chiang Mai, Tailandia

 

Gili Air: la isla soñada

Después de meses de viaje por el Sudeste Asiático, donde hay más motos que gente y los coches parecieran no tener frenos, que te digan que hay un pedazo de tierra donde no están permitidos los motores es música para tus oídos.

No lo pensamos mucho y desde Bali, en Indonesia, nos embarcamos en un fast boat rumbo a Gili Air para darnos cuenta de que en esta isla los días transcurren a un ritmo especial.

Despiertas en una gran cama, rodeada de un mosquitero blanco que te hace sentir dentro de una película. Desayunas un ice coffee delirante, zumo, pancakes, tostadas y fruta fresca, cómo no.

Desayuno en Gili Air

Te pones tu traje de baño, tu armadura de protector solar (que aquí estamos muy cerca del Ecuador y hay peligro de acabar carbonizados) y sales a caminar. Sí, a caminar, aunque parezca mentira, hay sitios en el Sudeste Asiático donde la gente camina.

Mientras vas por esas calles de tierra, con el mar de un lado y plantaciones verdes del otro, te van lloviendo los “good morning”, “hello”, “how are you today?”, “breakfast?”, etc., acompañados siempre de una sonrisa.

Calles de Gili Air
Las “calles” de Gili Air

Si en el camino ves a un grupo muy grande de hombres que vienen todos en la misma dirección, algunos caminando, otros en bici y unos pocos en una especie de moto de juguete eléctrica, no te asustes, no son hordas de turistas, son los lugareños saliendo de su rezo diario en la mezquita.

Llegas a la playa y tomas mil fotos, aunque todas sean iguales, porque no te puedes creer lo cristalina que es el  agua, o lo turquesa que se ve con la luz del sol, o lo blanco de la arena, o el volcán que se ve al fondo, o que Bali está tan cerca y que tú estás tan lejos de la ciudad en la que vives.

Playas paradisíacas de Gili Air

Te tumbas en la arena, aún sin creerte nada de lo que ves. Decides pegarte un baño a ver si espabilas, pero sigues en la incredulidad. Te ves tus propios pies en el fondo y le comentas a tu compañero muchas veces (demasiadas veces) que el agua parece de mentira. Nadas, saltas como niño, te pones el snorkel, vuelves a sentirte niño y te emocionas viendo erizos, peces de colores y anémonas.

Bajo el agua en Gili Air

Sales del agua, no aguantas el sol pero no pasa nada, a diez pasos hay un bar con un techo enorme, sillas comodísimas y empleados tumbados en hamacas, sin ningún afán. Te pides dos zumos de papaya. Te dicen que tardan porque hay que ir a comprar la fruta. No vuelve a pasar nada. Mientras más tarden más tiempo tengo para admirar el mar, piensas. O tal vez para balancearme en un columpio y sentirme niña de nuevo…

Gili Air en Indonesia

Cansado de tanto baño, arrugado como una uva pasa, te despides de los chicos de la hamaca y vuelves a retomar la calle de tierra. Vas serpenteándola, abriéndole el paso a los cidomos o lo que es lo mismo, los taxis de Gili Air*. Te topas con algún que otro turista nórdico en bicicleta, intercambian sonrisas y un “hi” y ves en sus rostros que van pensando lo mismo que tú “¡estamos en el paraíso!”

Vuelves a tu guesthouse, ese sitio de ensueño, con más lujo del necesario y que aún así se adapta a tu bien cuidado presupuesto. Aunque todavía sigas arrugado de tantas horas en el mar, a un baño en esa piscina rodeada de árboles, flores, vacas y lagartos monitor no se le puede negar nadie.

Piscina en Gili Air

Llegada la hora del almuerzo, vuelves a la calle. Si te descuidas y sigues andando sin mucho pensar, le das la vuelta entera a la isla y acabas donde empezaste. No importa, en Gili Air el tiempo pasa lento y no nos quejamos de nada.

Te vas al restaurante más local que encuentras, ese que no tiene ni nombre ni wifi gratis. Te deleitas con su nasi campur o gado-gado. Después viene la siesta, esa siesta que haces sin remordimiento alguno y sin programar alarmas.

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Gado-gado: plato típico indonesio que consiste en una mezcla de vegetales y tofu al vapor con salsa de cacahuetes / maní.

Antes de las 6 vuelves a la playa, al oeste de la isla esta vez, que toca ver el atardecer. Puedes caminar mar adentro, que aquí la marea a esta hora baja tanto que esa playa turquesa de la mañana hace metamorfosis y se convierte en un gran mirador.

Te volverás loco haciendo fotos, pero asegúrate de volver la tarde siguiente y dejar la cámara en casa. Que se quede ese atardecer solo en tu retina y en la memoria. Que lo recuerdes hasta que tu cerebro quiera.

Atardecer en Gili Air
Uno de los mágicos atardeceres de Gili Air

Al otro día, solo tienes que repetir lo del día anterior, porque hay rutinas en las que sí vale la pena sumergirse.

*Los cidomos o coches tirados por caballos, son el único medio de transporte permitido en Gili Air, además de las bicicletas y alguna que otra moto eléctrica. Nosotros decidimos no hacer uso de estos coches porque no estamos seguros bajo qué condiciones tienen a los caballos y tememos que no son las más idóneas. No nos gusta ninguna actividad que implique el uso de animales , así que antes de colaborar con cualquier posible maltrato, decidimos recorrer la isla andando. 

Si quieres saber cómo llegar, qué comer y qué hacer en la isla, puedes ver nuestra: Guía práctica sobre Gili Air.

Trang: inmersión en la cultura tailandesa

Si algo bueno tiene emprender un viaje largo, es la oportunidad de poder ver todos los escenarios posibles: lugares turísticos, paisajes de postal, ciudades caóticas, pueblos olvidados.

Trang, en Tailandia, es conocida por ser una ciudad de paso. Nadie le dedica más de un par de días ya que no tiene grandes atractivos turísticos. A nosotros esta urbe nos sorprendió cansados y con necesidad de hacer una pausa, así que permanecimos allí más días de los que cualquiera pudiese otorgarle.

Creemos que las oportunidades que se presentan tienen todas una razón de ser y nuestra estadía en Trang no fue la excepción. Recordaremos esos días como los más auténticos y tranquilos que tuvimos en Tailandia.

En esta ciudad del sur del país, caminamos despacio, nos detuvimos a admirar todo lo que nos rodeaba sin ningún tipo de prisa. Tratamos de entender más a fondo cómo vive el tailandés. Nos costó mucho comunicarnos, eso sí, pero qué bien se sintió.

Al pasar más de una semana en un mismo lugar, te vas acostumbrando a él y comienzas a tener rutinas simples. Caminábamos todos los días por las mismas calles, reconociendo a los perritos del vecindario, siendo testigo del cambio de las flores y hasta saludando a todo el que pasaba.

El estar lejos del caos turístico, tomarse los días con calma y tener tiempo para observar, te permite tener momentos como estos, que se grabaron a fuego en nuestra memoria:

  • Como ese desayuno típico tailandés en el cual descubrimos una salsa dulce de coco alucinante y un ice coffee increíble…

Desayuno típico del sur de Tailandia

  • Pasear por los mercados sin ver a un solo turista, poder maravillarnos con la frescura de los noodles, los vegetales, el pescado y probar por primera vez la jackfruit, la fruta más grande del mundo.

Mercado en Tailandia

  • Hablar con vendedores del mercado y probar, gracias a ellos, un dulce de coco típico y descubrir que empezaría a formar parte de nuestra lista de dulces favoritos.
Dodol: especie de caramelo gomoso con sabor a coco
Dodol: especie de caramelo gomoso con sabor a coco
  • Comer todos los días en el mismo restaurante, sirviéndonos de las fotos de los platos pegadas en la pared, era una aventura. No olvidaré nunca los almuerzos allí, moviendo la cabeza, los dedos y todo lo que pudiésemos para decirle a la cocinera lo bueno que estaba todo. Al final, ella aprendió algunas palabras en inglés y nosotros algunas en tailandés.

Restaurante típico tailandés

  • Hacer de la calle tu propio jardín por unos días y seguir de cerca el cambio de esta belleza, fue una de nuestras experiencias favoritas
Flor de loto color rosa
Flor de loto
  • Contemplar atardeceres desde el balcón del que fue nuestro hogar por varios días, se convirtió en una rutina de belleza imbatible.

Atardecer en Trang, Tailandia

Atardecer en Tailandia

En Trang no visitamos monumentos históricos, ni vimos paraísos naturales, ni museos, ni paisajes de ensueño; pero nos zambullimos en la cultura tailandesa y vivimos su día a día, sin ser bombardeados por oficinas de turismo ni taxistas insistentes. Nos llevamos con nosotros esas sonrisas, esos días lentos y necesarios, esa sensación rara de estar en una ciudad que nadie visita pero la sientes tuya y tan bonita e interesante como cualquier otra que figure en la guía de viajes.

Árbol floral en Trang

 

Nuestro encuentro con Mr. Velu

Con Mr. Velu en Ipoh, Malasia
Con Mr. Velu en Ipoh, Malasia

Este es Mr. Velu, un malayo de origen indio dueño del hotel donde nos hospedamos en la ciudad de Ipoh en Malasia. Este hombre amable y cariñoso nos ofreció, de manera completamente desinteresada, llevarnos a conocer su ciudad natal. En casi 3 meses que llevábamos de viaje, habíamos conocido a gente amable, sonriente y siempre dispuesta a ayudar, pero nunca nos habían ofrecido llevarnos de paseo.

Al principio dudamos en aceptar su oferta. Tanto @tortoluis como yo nacimos en un país (Venezuela) donde lo primero que te enseñan, lastimosamente, es a desconfiar de la gente. Sin embargo, quisimos ser fieles a una de las premisas que nos prometimos cumplir en nuestro viaje: abrirnos a la gente y a experiencias nuevas.

No quiero siquiera pensar en todo lo que pudimos perdernos de haber dicho que no. Mr. Velu no solo nos llevó a sitios increíbles a los cuales, sin su ayuda, no hubiésemos podido acceder fácilmente, sino que compartió con nosotros historias sobre su cultura, religión, su familia y forma de vida; y fue eso lo más valioso de nuestro encuentro con él.

Este señor, un completo desconocido, nos abrió su corazón sin pensarlo, nos invitó la comida de todo un día, se rió y se emocionó junto a nosotros y en pocas horas se ganó un lugar en nuestros corazones. Él es, sin duda, una de las mejores cosas que nos han pasado en esta aventura de recorrer el sudeste de Asia. Compartir con un local, ver cómo viven, comer lo que ellos comen y sobre todo, ver en sus rostros la alegría que sienten al mostrarte su país, no tiene precio.

Ais Kacang en Malasia
Ais Kacang, postre malayo que nos invitó a probar el señor Velu

Nos vi a mí y a @tortoluis dentro del coche de Mr. Velu, hablando sin parar, perdiéndonos entre plantaciones de palmas de aceite y conversaciones profundas y me costaba creerlo. Sentimos confianza en todo momento y no nos equivocamos. Seguimos nuestro instinto y nos dejamos guiar por nuestra creencia de que todavía hay mucha gente buena en el mundo y entendimos que confiar en la gente siempre trae recompensas hermosas.

Ese día, mientras recorríamos la ciudad con él, reafirmé mi teoría de que no importa la religión que practiques, las costumbres que tengas o lo diferente que seas, la base del ser humano siempre será el amor. No sabes lo bien que te sentirás con los demás, hasta que lo experimentas. No hay forma más bonita de derribar fronteras que compartiendo honestamente con todo el que puedas. Escuchar al otro te alejará de todo prejuicio.

Hermosas vistas de la ciudad de Ipoh
Hermosas vistas de la ciudad de Ipoh

Aún ahora, cuando han pasado ya meses desde que compartimos con él, su recuerdo sigue intacto, porque cuando viajas puedes ver paisajes increíbles, disfrutar en ciudades mágicas pero lo que más se queda en tu memoria, es la gente que te encuentras.

Gracias, Mr. Velu, por regalarnos uno de los mejores días de todo nuestro viaje.

Kellie's Castle
Ruinas del Kellie’s Castle. Otra de los lugares que visitamos con Mr. Velu

Koh Tao: ¿cuánto vale el paraíso?

Imagina tu isla soñada; aguas tan transparentes como el cristal mismo, arena fina, blanca y sedosa. Calles pequeñas, gente amable, cerros verdes, muy verdes y empinados que contrastan con la planicie de ese mar que te ciega con su turquesa casi fosforescente. Eso, a primera vista, es Koh Tao.

Playas de Koh Tao
Las aguas cristalinas de Koh Tao

Esta isla en el Golfo de Tailandia me genera sentimientos encontrados. Mis primeros días en ella fueron de amor rotundo. Me repetía a mí misma que había encontrado el paraíso y me costaba creer que no existían “peros” por ningún lado.

Después de varios días recorriéndola, disfrutándola, dejándome cautivar por sus aguas cálidas y sus palmeras que nacen por doquier, sigo queriéndola pero sin duda es un amor que a veces duele.

Vistas de Koh Tao
Koh Tao en todo su esplendor

Esta isla está vendida. Sí, vendida a unos pocos que quieren arrebatarle al ciudadano común la dicha de bañarse en cualquiera de sus aguas. Son muchos los resorts a pie de playa monopolizando el espacio que por derecho nos corresponde a todos.

Se puede admirar la belleza de sus bahías desde los muchos miradores que hay alrededor de la isla; pero cuidado, que no te tienten las ganas de bajar a darte un chapuzón y tumbarte en esa cama blanca de arena, porque podrías encontrarte el famoso letrero de “playa privada”.

Shark Bay en Koh Tao
La impresionante Shark Bay

No es cuestión de buscar culpables, pero si quisiéramos hacerlo, ¿de quién es la culpa realmente? ¿De aquél que se siente poderoso con sus bolsas de dinero y se apodera arbitrariamente de un trozo de planeta, o de aquél que lo vende sin compasión y con la única ambición de tener más dinero?

Los días de ensueño dentro de esta isla puede que se tiñan de oscuro al darte cuenta que hasta la belleza natural está controlada por el dinero. No quiero pecar de utópica y rebelde, hay cosas de las cuales no podemos escapar en los días que corren. Sin embargo, saber que el planeta se vende como si fuese un pedazo de carne, me indigna. Saber que el hecho sencillo pero placentero de disfrutar de una playa se le está arrebatando a la mayoría de la población, me indigna también.

Calles del centro de Koh Tao por la noche
Calles del centro de Koh Tao por la noche

Por ahora, seguiré recordando los rincones de esta isla maravillosa y mientras queden playas de acceso libre, mis ganas de volver a esta joya tailandesa seguirán intactas. Sin embargo, no dejaré de preguntarme: ¿es realmente Koh Tao la isla soñada? Y si es así ¿cuánto vale el paraíso?

Atardecer en Sairee Beach
Atardecer en Sairee Beach

Esa fiera llamada Bangkok

Está en boca de muchos, aparece en cientos de guías, te hablan de ella y ves sus fotos, pero no sabes quién es hasta que llegas y la sientes. Bangkok es una urbe feroz, a veces indescriptible, que logra atraparte sin que te des cuenta. Mientras caminas por sus calles te confundes, pasas del amor al odio en segundos y piensas: ¿Cómo se puede ser tan oscura y a la vez tan encantadora?

Calles de Bangkok
Calles de Bangkok

Esta ciudad tiene mucho poder; poder de engancharte, poder de sorprenderte y también poder de traerte abajo a ratos. Nadie podrá nunca negar que está plagada de rincones sucios, oscuros, raros. Su olor se hace a veces insoportable pero te ayuda a recordar en dónde estás; en una urbe que lucha por mantener sus raíces intactas a la par que construye rascacielos a un ritmo frenético.  Es la capital de un país que se debate entre el desarrollo, la corruptela, el turismo desbordado y años de tradición.

A pesar de sus esquinas oscuras, Bangkok está plagada de templos ornamentados, doradas y brillantes estatuas, construcciones magníficas y orquídeas a lo largo de muchos caminos. Es una ciudad a la que definitivamente siempre querrás volver.

Budas en Wat Pho
Budas en el templo de Wat Pho

Si hay algo que define a Bangkok, es la comida callejera. El festín es incesante, y hasta el más escéptico acabará rendido a los pies de cada puesto de comida. No importa la hora, no importa la zona, no importa el momento, esta ciudad nada entre frutas, snacks, woks calientes, fideos caseros y todo lo que se te ocurra. Es aquí, en Bangkok, cuando entiendes por qué todos hablan de la comida asiática, de su fuerte presencia en todo el mundo y de sus sabores explosivos que no dejan a nadie indiferente.

Hay mercados nocturnos, restaurantes humildes, restaurantes lujosos, ferias de comida, festivales, pequeños carritos, señoras en las esquinas y pare usted de contar. Aquí huele a comida todo el tiempo.

Beef noodles soup
Sopa de fideos y carne

Para empaparse bien de esta urbe, no hay nada mejor que caminarla, adentrarse en rincones donde nunca pensaste que podías adentrarte. Deja que su calor húmedo, a veces asfixiante, se apodere de ti, que los olores te guíen y que su gente te sonría.

Maravíllate con esa mezcla de templos, edificios de cristal, casas abandonadas y roídas por el tiempo. Sus cables de electricidad, juntos en un enredo que pareciera no tener fin, son la metáfora perfecta de la vida en la ciudad. Mezcla y desorden dentro de un orden que solo sus habitantes entienden.

Bangkok vibra, y si te dejas llevar, vibrarás con ella.

Atardecer en Bagkok
Atardecer a orillas del río Chao Phraya