En el corazón del Kawah Ijen

¿Eres más nocturno o diurno? ¿Eres más de gatos o de perros? Preguntas que te acorralan y te ponen ansioso si eres indeciso como yo. ¿Eres más de playa o de montaña? Yo, como es de esperarse, todavía no me decido, me cuesta mucho.

Tal vez es que ¿soy de volcanes?

Nunca había subido a la cima de un volcán, ni siquiera había visto uno, ni de lejos. Cuando llegamos a la isla de Java, en Indonesia, todo lo que veía parecía contener la palabra “volcán”: tour para subir volcanes, fotos con volcanes, gente hablando de volcanes, todo volcanes. Estaba segura que quería, al menos, ver uno a lo lejos, pero nunca pensé que rodearía uno para llegar a su cráter y que la experiencia me marcaría para siempre.

Hay algo especial en los horizontes donde reina un volcán. No olvidaré nunca la primera vez que miré a lo lejos y allí, como un rey indomable, se erigía el Kawah Ijen; fue en Banyuwangi, un pequeño pueblo al este de Java. Salíamos de la estación de tren, cansados después de muchas horas de recorrido, y fue entonces cuando el coche que nos transportaba avanzó unos metros y se apareció delante de nosotros.

Lo vi por segundos, de manera fugaz, pero estoy segura que fue el tiempo suficiente para recordarlo de por vida. Quería gritarle al conductor que se detuviera, sentí un deseo de bajarme del coche y sentarme en la calle a contemplarlo: ¡era la primera vez que veía un volcán! Y quería retener el momento para siempre.

Al día siguiente, nos levantamos a las 3 de la mañana para comenzar la expedición hasta la base del Kawah Ijen. A las 4:00 am ya estábamos comenzando a subir. Aún recuerdo el crujir de los pasos en esa tierra negra, el fresco de la mañana dándome en la cara y la satisfacción de estar solos con la vegetación y sentir que teníamos el planeta entero para nosotros; esa libertad que solo sientes cuando estás lejos de todo lo construido por el hombre.

Subiendo a la cima del Kawa Ijen
El camino mágico hacia el Kawah Ijen

Para mi esta experiencia significó, no solo reencontrarme con la naturaleza, sino conmigo misma. Recuperé aspectos de mi interior que no veía desde hacía tiempo, encontré algunos nuevos, me reté a mí misma tanto física como mentalmente y cumplí un objetivo.

No escalé el Everest, pero para alguien que no es especialista en subir montañas y que estuvo inmersa en una jungla de concreto durante muchos años, escalar el Kawah Ijen puede ser todo un reto. No es un camino peligroso, pero sí puede llegar a ser agotador.

Subiendo el Kawa Ijen

Ahora, después de unos meses, siento que guardo en mi memoria cada centímetro de esa ruta, cada piedra sorteada en el camino, el contraste de las ramas verdes con la arena volcánica y esas nubes que nos regalaban formas extravagantes. Fueron varias las veces que quise parar, tal vez echar atrás y no seguir subiendo. No quiero ni pensar en todo lo que me hubiese perdido de haberlo hecho.

nubes vistas desde el Kawa Ijen

De camino al cráter del Kawa Ijen
De camino al cráter

Presenciar la actividad de un volcán de cerca es como escuchar a la tierra hablar. Es darse cuenta de lo viva que está a la vez que te cuenta un poco cómo comenzó todo. El Kawah Ijen es mundialmente conocido por ser una gran mina de azufre, y esas piedras de un amarillo intenso, con ese lago burbujeante y rodeado de humo, no dejan lugar a dudas.

El cráter del Kawa Ijen
El cráter del Kawah Ijen
Azufre extraído del volcán
Azufre extraído del volcán

Espero que esa magia vivida al subir y al estar en las entrañas del Kawah Ijen no me abandone nunca, que mi memoria no me traicione y vaya borrando los recuerdos. Aunque creo que no debo preocuparme, experiencias como esta calan en uno casi con la misma profundidad que tiene ese cráter feroz del volcán.

Mina de azufre en el cráter
Mina de azufre en el cráter

Kawa Ijen, Java, Indonesia

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Bandung y el comienzo de nuestra historia de amor con Indonesia

(English version below)

Todo comenzó al dejar atrás Yakarta, esa capital que no fue muy amable con nosotros y que, incluso, nos hizo explotar. Tomamos un tren rumbo hacia Bandung, una ciudad de paso que nos serviría para descansar y seguir el largo camino hacia el este de Java.  Lo que no sabíamos, es que la vida nos tenía preparados unos días llenos de risas, amor en todas sus formas y vivencias que nunca imaginamos tener viajando por este lado del mundo.

El tren no había recorrido muchos kilómetros cuando ya empezábamos a ver ese verde nítido que inunda este país. Arrozales por doquier, palmeras y paisajes de belleza infinita. Estábamos atravesando la isla de Java en tren y la emoción nos desbordaba. Atrás quedaron esos días intensos en Yakarta, una metrópolis furiosa a la cual nos costó mucho entender.

Bandung, Indonesia
Bandung, Indonesia

En Bandung nos aguardaba Hera, la dueña de la homestay que elegimos para alojarnos, y que sin si quiera imaginarlo, se convirtió en nuestra amiga y pieza clave de nuestras experiencias en Asia.

Desde el primer zumo compartido con nuestra anfitriona, la química surgió y a través de ella pudimos ver a todo el pueblo indonesio. Ese pueblo amable, humilde, grandioso. Fue Hera nuestra puerta de entrada a todo lo bonito que Indonesia tenía guardado para nosotros y no nos cansaremos nunca de agradecerle todo lo vivido.

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Con Hera, nuestra anfitriona en Bandung

Tuvimos largas conversaciones sobre cultura, compartimos meriendas, tés, cenas e inquietudes. Ella nos habló de su religión, nosotros le contamos sobre Venezuela y España. Nos mostró su ciudad, de la cual se siente orgullosa, y compartimos ideas acerca de los colonos holandesas que se instalaron en Indonesia hace muchos años.

Gracias a Hera, vivimos uno de los momentos más gratificantes y auténticos de nuestro viaje; esos momentos que no puedes comprar con dinero y que se quedarán contigo para siempre. Vivencias que hacen que todo esfuerzo por venirse al otro lado del mundo, valga la pena.

Hera no solo es una increíble anfitriona, sino que es profesora universitaria y también tiene un club de inglés gratuito para niños pequeños de su vecindario que no pueden permitirse pagar unas clases privadas. Una tarde nos invitó a una de sus clases y en menos de lo que imaginamos nos vimos sentados en el suelo, riéndonos a carcajadas con esos niños adorables y enseñándoles canciones en español.

Enseñando español a niños en Bandung, Indonesia
Enseñando canciones en español a los niños

A medida que avanzaba la tarde, me costaba más creer todo lo que pasaba a nuestro alrededor. Estar en casa de una familia indonesia, compartiendo con niños, enseñando nuestra cultura mientras ellos nos enseñaban la suya sin siquiera saberlo, fue mágico. Es lo que tiene viajar, y sobre todo, viajar lento y sin expectativas. El mismo recorrido irá tomando su curso y te regalará experiencias que nunca imaginaste.

Al día siguiente, como si lo de los niños hubiese sido poco, Hera nos invitó a conocer la universidad donde imparte clases a estudiantes de farmacia. Una vez más, acabamos en una celebración, rodeada de estudiantes universitarios que nos recibieron como si de estrellas de cine se tratara. Nos invitaron a una especie de talk show y terminé sentada en un panel con profesores, donde hablé de nuestra experiencia recorriendo el Sudeste Asiático y qué nos había impulsado a cumplir nuestro sueño.

Con estudiantes universitarios en Bandung, Indonesia
Con los estudiantes y profesores de la Facultad de Farmacia

Aún pienso en esos días y se me eriza la piel. Me quedo corta en agradecimientos hacia toda la gente que hizo posible que viviéramos experiencias que marcaron, no solo este viaje, sino nuestra vida. Esa gente que nos dio la bienvenida a lo que luego serían 2 maravillosos (y lamentablemente muy cortos) meses en Indonesia. Esa gente que nunca nos preguntó o cuestionó nuestras creencias políticas o religiosas; esa gente que rió con nosotros, que nos abrazó sinceramente y que nos alimentó el corazón como pocas cosas lo han hecho.

Gracias, Hera. Gracias, Indonesia.

Este post está dedicado a Hera, su hermano, todos sus alumnos y los profesores de la Facultad de Farmacia.

English version

Bandung and how our love story with Indonesia started

It all started when we left Jakarta, the capital city of Indonesia that was not very kind to us and even made us burst out. We took a train heading to Bandung, the city we chose to rest for a few days and continue the long road to the east of Java. We did not know that life had prepared us a few days filled with laughter, love in all its forms and experiences that we had never imagined we could have while traveling.

Some kilometers away from Jakarta, we began to see that crisp green sceneries that fill this country. Paddies everywhere, palm trees and landscapes of endless beauty. We were crossing the island of Java by train and excitement overflowed us. Gone were those intense days in the capital, a raging metropolis that was so hard for us to understand.

In Bandung, Hera awaited us; she is the owner of the homestay that we chose to stay in, and without even imagine it, she became our friend. From the first juice shared with our hostess, we felt like something special was growing between us and through her we were able to see the whole Indonesian people. That friendly, humble, great people. Hera was our gateway to all the amazing things that Indonesia had saved for us and we cannot thank her enough!

We had long conversations about culture, shared snacks, teas, dinners and concerns. She told us about her religion, we told her about Venezuela and Spain. She showed us her city, which she is ver proud of, and taught us about Indonesian history.

Thanks to Hera, we experienced one of the most rewarding and authentic moments of our trip. Those moments you cannot buy with money and that will stay with you forever. Experiences that make every effort to travel across the world worthwhile.

Hera is not only an amazing hostess; she’s also a university professor who, in addition to that, has a complimentary English Club for young children who cannot afford a private school. One evening she invited us to one of his classes and in less than we could think we were sitting on the floor, laughing out loud with those adorable children and teaching them songs in Spanish.

As the afternoon evolved, we could hardly believe everything that was happening around us. Being at an Indonesian family’s home, sharing with children, teaching our culture while they, at the same time, were teaching us theirs without even knowing it, was pretty magical. These are the things you get when you travel, especially, when traveling slow and without any expectations. The route will take its own course and you’ll be given experiences you never imagined.

The next day, as if the English class with the children hadn’t been enough, Hera invited us to see the Faculty of Pharmacy where she teaches. We were, again, living a kind of dream, surrounded by beautiful university students and lovely teachers. We were invited to a sort of “talk show” where I ended up sitting on a panel with professors, and I got to talk about our experience traveling Southeast Asia and what had encouraged us to fulfill our dream.

We still think about those days and we feel thrilled. We cannot thank enough to all the people who made it possible for us to live experiences that marked, not only this trip, but our entire life. Those people who were the beautiful beginning to our 2-month stay in Indonesia. Those people who never asked or questioned our political or religious beliefs; those people who laughed with us, who sincerely embraced us and fed our hearts as few things in this world have.

Thank you, Hera. Thank you, Indonesia.

This post is dedicated to Hera, her brother, her students and the teachers of the Faculty of Pharmacy in Bandung.

 

Carta a Bali: Me quedo con Ubud

Querida Bali:

Mucho me habían hablado de ti. Me dijeron lo bonita que eras pero también me contaron lo golpeada que estabas por el turismo masivo.

A punto estuve de no visitarte, son muchos los que hablan de ti y no siempre lo hacen bien. Ahora que te conozco,  le diste la vuelta a todo lo que podía imaginar de ti.

Cierto es que tu zona costera está invadida por concreto y construcciones en serie. El comercio desaforado, los bares australianos y las happy hour te han hecho mucho daño. Se han robado tu encanto, te han invadido y falseado.

Por eso, me quedo con tu zona interior, me quedo con la calma que se respira lejos del todo incluido, me quedo con tu esencia, me quedo con Ubud. Escojo recordarte llena de flores de loto, con callejones pequeños y hasta maltrechos; con altares engalanados y ese olor perenne a incienso.

Templo en Ubud, Bali

Recorrí tus distancias más largas en buses locales, sin ningún tipo de comodidad más que el andar en 4 ruedas, pero con la satisfacción de ver a tu gente, mezclarme con ellos y llenarme la cabeza de paisajes con una belleza despampanante.

Arrozales en Ubud, Bali

Decidí verte con calma, con ojos de viajera respetuosa, aceptando tus defectos y sobre todo, admirando tus virtudes. Te caminé sin descanso, por varios días, bajo el sol apretado, mientras todos iban dejando estela con sus motocicletas. No me arrepiento. Puede que haya ganado una insolación, o alguna que otra llaga en los pies, pero son las marcas que quedan después de haberte vivido a mi manera.

Me emocionaron tus arrozales, con ese verde furioso, con sus trabajadores incansables, con esas libélulas de colores haciendo guardia en cada cultivo. Esas terrazas con efecto hipnótico y que parecen de mentira se quedaron en mí para siempre.

Trabajadores en arrozales de Ubud

Tus galerías de arte que se asoman en cada esquina, las cestas, el cuero, la madera, la arcilla y la gente talentosa, me inspiraron. Dejé que los macacos me abordaran, que la magia que desprendes me invadiera y que tu gente me contara a través de danzas, procesiones y canciones por qué eres un lugar único.

Danza Legong en Bali

Danza Legong en Bali

Quedé prendada de esas calles cubiertas de árboles, con cientos de lianas inyectándole magia a cada paisaje. ¿Y qué decir de tus casas? adornadas hasta la saciedad, con portales que parecieran llevarte a una dimensión desconocida; esas casas protegidas por guerreros, barongs y dioses.

Calles de Ubud, Bali

Tus warung sencillos que ofrecen platos elaborados y de sabor profundo me emocionaban cada día. Ese pollo ecológico, cocinado a fuego lento, macerado en especias y servido con arroz cultivado en tu propia tierra será difícil de superar.

Tú gente siempre sonriente, llevando ofrendas a los templos, viviendo su fe a sus anchas y venerando a sus dioses sin ninguna pretensión ni espectáculo, son dignos de admirar. Me regalaste sonrisas y también me enseñaste que estás en medio de un país maravilloso que suele muchas veces pasar desapercibido.

Templo en Bali

Me costará no extrañarte, querida Ubud, si es que alguna vez lo logro. Soñaré con tus verdes y con volver a verte, esperando que no te hagan más daño del que ya te han hecho, que no quieran seguir disfrazándote de algo que no eres y que, al volver, puedas seguir sorprendiéndome porque sigues siendo lo que hoy eres.

Terrazas de arroz en Bali

Gili Air: la isla soñada

Después de meses de viaje por el Sudeste Asiático, donde hay más motos que gente y los coches parecieran no tener frenos, que te digan que hay un pedazo de tierra donde no están permitidos los motores es música para tus oídos.

No lo pensamos mucho y desde Bali, en Indonesia, nos embarcamos en un fast boat rumbo a Gili Air para darnos cuenta de que en esta isla los días transcurren a un ritmo especial.

Despiertas en una gran cama, rodeada de un mosquitero blanco que te hace sentir dentro de una película. Desayunas un ice coffee delirante, zumo, pancakes, tostadas y fruta fresca, cómo no.

Desayuno en Gili Air

Te pones tu traje de baño, tu armadura de protector solar (que aquí estamos muy cerca del Ecuador y hay peligro de acabar carbonizados) y sales a caminar. Sí, a caminar, aunque parezca mentira, hay sitios en el Sudeste Asiático donde la gente camina.

Mientras vas por esas calles de tierra, con el mar de un lado y plantaciones verdes del otro, te van lloviendo los “good morning”, “hello”, “how are you today?”, “breakfast?”, etc., acompañados siempre de una sonrisa.

Calles de Gili Air
Las “calles” de Gili Air

Si en el camino ves a un grupo muy grande de hombres que vienen todos en la misma dirección, algunos caminando, otros en bici y unos pocos en una especie de moto de juguete eléctrica, no te asustes, no son hordas de turistas, son los lugareños saliendo de su rezo diario en la mezquita.

Llegas a la playa y tomas mil fotos, aunque todas sean iguales, porque no te puedes creer lo cristalina que es el  agua, o lo turquesa que se ve con la luz del sol, o lo blanco de la arena, o el volcán que se ve al fondo, o que Bali está tan cerca y que tú estás tan lejos de la ciudad en la que vives.

Playas paradisíacas de Gili Air

Te tumbas en la arena, aún sin creerte nada de lo que ves. Decides pegarte un baño a ver si espabilas, pero sigues en la incredulidad. Te ves tus propios pies en el fondo y le comentas a tu compañero muchas veces (demasiadas veces) que el agua parece de mentira. Nadas, saltas como niño, te pones el snorkel, vuelves a sentirte niño y te emocionas viendo erizos, peces de colores y anémonas.

Bajo el agua en Gili Air

Sales del agua, no aguantas el sol pero no pasa nada, a diez pasos hay un bar con un techo enorme, sillas comodísimas y empleados tumbados en hamacas, sin ningún afán. Te pides dos zumos de papaya. Te dicen que tardan porque hay que ir a comprar la fruta. No vuelve a pasar nada. Mientras más tarden más tiempo tengo para admirar el mar, piensas. O tal vez para balancearme en un columpio y sentirme niña de nuevo…

Gili Air en Indonesia

Cansado de tanto baño, arrugado como una uva pasa, te despides de los chicos de la hamaca y vuelves a retomar la calle de tierra. Vas serpenteándola, abriéndole el paso a los cidomos o lo que es lo mismo, los taxis de Gili Air*. Te topas con algún que otro turista nórdico en bicicleta, intercambian sonrisas y un “hi” y ves en sus rostros que van pensando lo mismo que tú “¡estamos en el paraíso!”

Vuelves a tu guesthouse, ese sitio de ensueño, con más lujo del necesario y que aún así se adapta a tu bien cuidado presupuesto. Aunque todavía sigas arrugado de tantas horas en el mar, a un baño en esa piscina rodeada de árboles, flores, vacas y lagartos monitor no se le puede negar nadie.

Piscina en Gili Air

Llegada la hora del almuerzo, vuelves a la calle. Si te descuidas y sigues andando sin mucho pensar, le das la vuelta entera a la isla y acabas donde empezaste. No importa, en Gili Air el tiempo pasa lento y no nos quejamos de nada.

Te vas al restaurante más local que encuentras, ese que no tiene ni nombre ni wifi gratis. Te deleitas con su nasi campur o gado-gado. Después viene la siesta, esa siesta que haces sin remordimiento alguno y sin programar alarmas.

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Gado-gado: plato típico indonesio que consiste en una mezcla de vegetales y tofu al vapor con salsa de cacahuetes / maní.

Antes de las 6 vuelves a la playa, al oeste de la isla esta vez, que toca ver el atardecer. Puedes caminar mar adentro, que aquí la marea a esta hora baja tanto que esa playa turquesa de la mañana hace metamorfosis y se convierte en un gran mirador.

Te volverás loco haciendo fotos, pero asegúrate de volver la tarde siguiente y dejar la cámara en casa. Que se quede ese atardecer solo en tu retina y en la memoria. Que lo recuerdes hasta que tu cerebro quiera.

Atardecer en Gili Air
Uno de los mágicos atardeceres de Gili Air

Al otro día, solo tienes que repetir lo del día anterior, porque hay rutinas en las que sí vale la pena sumergirse.

*Los cidomos o coches tirados por caballos, son el único medio de transporte permitido en Gili Air, además de las bicicletas y alguna que otra moto eléctrica. Nosotros decidimos no hacer uso de estos coches porque no estamos seguros bajo qué condiciones tienen a los caballos y tememos que no son las más idóneas. No nos gusta ninguna actividad que implique el uso de animales , así que antes de colaborar con cualquier posible maltrato, decidimos recorrer la isla andando. 

Si quieres saber cómo llegar, qué comer y qué hacer en la isla, puedes ver nuestra: Guía práctica sobre Gili Air.

Guía práctica sobre Gili Air

Le declaramos nuestro amor a Gili Air apenas llegar. Fue para nosotros una isla especial, tanto así, que le dedicamos un post entero que puedes leer aquí: Gili Air: la isla soñada.

Pasamos 10 días en este pequeñísimo pedazo de tierra que, junto a Trawangan y Meno, forma parte de las islas Gili en Indonesia. Te dejamos una guía práctica por si quieres ser feliz, como nosotros, en este hermoso paraíso.

Playa de Gili Air en Indonesia
Una de las playas de Gili Air

¿Cómo llegar a Gili Air?

Estuvimos en 2 oportunidades en Air y en ambas llegamos desde sitios distintos.

Desde Bali:

La primera vez lo hicimos desde Ubud, Bali. Nos fuimos a una de las muchas agencias que hay en todo Ubud y acordamos un precio de 300.000 IDR por persona que incluía el transporte en van desde nuestro hospedaje hasta el muelle en Padang Bai y el fast boat de la compañía Ekajaya hasta Air.

Escoger la compañía de ferry no fue nada fácil. Leímos todo tipo de reseñas tanto en Internet como en la guía de Lonely Planet, quienes recomiendan a la empresa Scoot. Después de pensarlo mucho, nos decidimos por Ekajaya ya que no era ni la más barata pero tampoco la más costosa (los precios de Scoot, por ejemplo, doblan a los de otras compañías).

En general la experiencia en este primer recorrido fue bastante buena. Salimos a tiempo, el barco se movió bastante poco e íbamos muy cómodos en el compartimiento de aire acondicionado. El viaje duró menos de 2 horas desde Padang Bai.

Desde Lombok:

La segunda vez que estuvimos en Air llegamos a la isla desde Lombok, específicamente desde la zona de Kuta. Aquí hicimos lo mismo que en Ubud, comparamos precios entre las muchas agencias que hay y nos decidimos por la que mejor espina nos daba. La verdad, todas las agencias ofrecen lo mismo, solo que algunas inflan más los precios que otras. Al final pagamos 120.000 IDR por persona que incluía el transporte desde el alojamiento hasta el muelle (1 hora y media de viaje) y el slow boat o shuttle boat que te cruza hasta la isla y el recorrido es de unos 20 minutos.

Una vez en Gili Air, si tu alojamiento no está cerca del muelle, puedes optar por un cidomo (coches tirados por caballos) que son el único medio de transporte permitido en las Gili, aunque yo personalmente no lo haría. Al parecer estos caballos son tratados con crueldad la mayoría de las veces y nos negamos rotundamente a apoyar cualquier tipo de maltrato animal. Así que siempre puedes caminar; las distancias en Air son cortas, además es gratis y bueno para la salud 🙂

¿Dónde dormir en Gili Air?

La isla es pequeña, sin embargo, hay muchísima oferta de alojamiento. Los que están a primera línea de playa, como siempre, serán los más costosos. Si buscas hospedaje barato, trata de irte hacia el centro de la isla, alejado de la playa. Encontrarás muchas homestay con precios razonables.

Nosotros nos alojamos en el Sayang Mama Inn, que si bien no es el más barato de la zona, nos dejó encantados. Encontramos una oferta a través de booking.com con la cual pagamos 15€ por noche en habitación doble privada con aire acondicionado. Además, tenía un buen desayuno incluido y puedes usar la súper piscina del resort de al lado, ya que son los mismos dueños.

¿Dónde comer en Gili Air?

A orilla de playa encontrarás muchas opciones para comer, aunque no serán las más baratas. La gran mayoría de los locales a pie de playa ofrecen comida más occidental. Si lo que buscas es comer comida local a buen precio, te recomendamos el Warung Yahuuut. Fue, sin duda, nuestro favorito; la comida es deliciosa, las raciones generosas y los precios imbatibles. Está en el centro de la isla y aunque no está al lado de la playa, vale mucho la pena. Si en cambio quieres comer con vistas al mar y aun así cuidar el presupuesto puedes ir al Warung Sasak, con precios razonables y a orillas de la playa.

Vistas de Gili Air
Las vistas desde uno de los restaurantes a pie de playa

¿Qué hacer en Gili Air?

Si relajarte y bañarte en aguas cristalinas no es suficiente para ti, en Gili Air puedes hacer muchas más cosas como:

  • Snorkel para ver tortugas (hay un alquiler de snorkel en cada esquina)
  • Caminar por toda la orilla de la playa y darle la vuelta a la isla. Se tarda aproximadamente 1 hora.
  • Si lo tuyo no es caminar, puedes alquilar una bicicleta.
  • Disfrutar de los increíbles atardeceres con vistas al Monte Agung en Bali.
  • Maravillarte con la fauna marina que sale a flote cuando baja la marea por las tardes. Si estás de suerte y atento podrás ver estrellas marinas, anémonas, erizos y mucho más.
  • Ir a algún bar cerca de la playa, tomarte una cerveza y bailar al ritmo de la música que pinchan los DJs.
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Los atardeceres son especiales en Gili Air
Vistas del Monte Agung desde Gili Air
Vistas del Monte Agung desde Gili Air

 

Un paseo por las frutas del Sudeste Asiático

Visitar el Sudeste Asiático y no comer frutas es como no haber estado allí nunca. El trópico es generoso y lo demuestra produciendo cientos de frutas increíbles. Desde Tailandia hasta Filipinas, de este lado del mundo las frutas invaden las calles, los mercados, las playas y los patios traseros de las casas.

Durante nuestro recorrido por los países del sur de Asia, hemos tenido la oportunidad de probar muchas frutas por primera vez, pero también, nos hemos reencontrado con algunas de las frutas tropicales que tanto extrañábamos y con las cuales crecimos en Venezuela.

Las frutas son parte fundamental de la dieta en este lado del mundo. A diferencia de los países europeos, los lugareños parecieran no comerlas porque las saben sanas y buenas para el organismo, sino porque los árboles no dejan de producirlas y aquí, como se hacía antaño, se come lo que la tierra da. Aquí, la gente no busca las frutas sino que ellas te encuentran a ti.

Para nosotros ha sido un verdadero placer encontrar tantos manjares de la naturaleza. Nos maravillamos con la variedad y los sabores tan intensos, y a veces, hasta indescriptibles.

Estas son algunas de las frutas del Sudeste Asiático que hemos probado por primera vez y nos cautivaron, no solo por su sabor, sino por su aspecto.

Rambután

A primera vista, esta fruta enamora. Su estética es insuperable y pareciera sacada de una tienda de diseño. Es de un rojo intenso por fuera, con una especie de hebras que se asemejan a un cabello alborotado. Su piel es más suave de lo que parece y, al contrario de lo que pensamos la primera vez que la vimos, no hace daño al tocarla. Al abrirla, su carne es blanca y firme, jugosa y de sabor ligero pero muy dulce.

Rambután

En Indonesia, los árboles de rambután abundan y se les puede ver muy fácilmente en ciudades y pueblos.

Árbol de rambután

Rambután en racimo
Racimo de rambután
Rambután por dentro
El rambután por dentro

Longan

También se le conoce como “ojo de dragón” por el aspecto que tiene al partirlo a la mitad. Tiene un sabor muy refrescante que nos recordó al melón. La carne es muy parecida en textura a la del rambután. En Venezuela, crecimos comiendo una fruta que se llama mamón (o mamoncillo en otros países latinoamericanos). Al ver el longán inmediatamente nos acordamos de éste a pesar de ser de colores distintos. La textura de su piel y la manera de abrirlo para sacar la carne interior es exactamente igual a la del mamón. Sin embargo, al probarlo notamos que no tienen nada que ver.

Racimo de longán
Racimo de longan
Longan sin piel
El fruto sin la piel
longan u ojo de dragón
Cuando se parte a la mitad parece un “ojo de dragón”

Mangostán

También conocido como mangosteen en inglés o mangostino en Colombia, es la reina de las frutas, o por lo menos eso afirman los tailandeses.  Es, sin duda, una de nuestras favoritas por su sabor intenso, ácido y dulce a la vez. Cuando se abre por la mitad, aparecen unos gajos blancos con una carne muy blandita. No se nos parece a nada que hayamos probado antes. Estéticamente también es muy bonita, ya que su piel es violeta por fuera, pero por dentro es de un rojo intenso que contrasta con lo blanco del fruto.

Mangostán
Así luce por fuera

Mangosteen

Malla de mangostino
Mangostán de Indonesia

Rambai

En aspecto se parece al longan, ambos son redondos, con un color entre amarillo y marrón y vienen en racimos. Sin embargo, sus sabores son completamente opuestos. El sabor nos recordó al de la toronja o pomelo pero más ácido y menos amargo. Es muy refrescante y sabrosa, aunque más vale que no muerdas su semilla ya que su amargor es bastante intenso.

Racimo de rambai

Rambai

Jackfruit

En español se conoce como jaca y es, de todas las que hemos probado, la que más nos ha sorprendido. No sabríamos cómo explicar su sabor, aunque nos atrevemos a decir que sabe a una mezcla de mango, banana y maracuyá. Tiene una carne muy firme, que se puede deshilachar y no es nada jugosa. Se dice que la jackfruit es la fruta más grande del mundo y se pueden llegar a encontrar ejemplares de hasta 50 kilos.

El fruto por fuera es verde y tiene una especie de espinas gordas. Al abrirlo se extraen sus frutos, que son amarillos y muy brillantes. Suele venderse ya pelada y preparada en bandejas, ya que sacar el fruto puede ser muy engorroso.

Jackfruit entera
La fruta entera
Jackfruit
La jackfruit está llena de muchos gajos como este

Snake fruit

Como su nombre en inglés lo indica, esta fruta pareciera estar recubierta de piel de serpiente. Dentro guarda unos gajos amarillentos, con sabor entre ácido y dulce; a veces, nos recordaba un poco al sabor del mango, pero con un fruto mucho más firme y hasta crocante. También se convirtió en una de nuestras favoritas.

Snake fruit

Snake fruit sin piel

Dragon fruit o pitahaya

Aunque la pitahaya ya la había probado en España, solo la comí una vez. Aquí hemos tenido oportunidad de comerla con regularidad ya que se encuentra con muchísima frecuencia. Es, para nosotros, una de las frutas más bonitas que existen, gracias a su piel color fucsia y el contraste que hace con su carne blanca con semillas negras. También se encuentra una variedad que no es blanca sino violeta o fucsia por dentro. El sabor es bastante suave, de hecho, hay algunas que no saben a casi nada, aunque si está bien madura es muy dulce y sabrosa. Recuerda mucho a un kiwi, aunque sin ser ácida.

Pitajaya o dragon fruit

Pitahaya fucsia

Hay otras frutas que hemos encontrado en el sudeste asiático que nos han hecho dar un salto a nuestra infancia en el Caribe. Las comíamos de niños y teníamos mucho tiempo (por no decir años) sin probarlas de nuevo. Es el caso de:

Carambola o star fruit

Una fruta refrescante, ácida y muy fotogénica. Al cortarla tiene forma de estrella, de allí su nombre de star fruit en inglés. También se le conoce como “tamarindo chino” en otros lugares.

Star fruit

Star fruit cortada a la mitad

Ciruela de Java o Java plum

Esta fruta en realidad la conocemos como “uva de playa” en Venezuela. No estamos seguros de su nombre real, pero apenas la vimos la identificamos. La encontramos en un mercado de frutas de Singapur y nunca llegamos a saber con qué nombre se le conoce en estos países. A simple vista parece una aceituna negra, pero es más como una uva. Es ácida y jugosa y tiene la particularidad de teñir la boca de violeta. Su jugo es bastante astringente pero delicioso.

Java plum

Java plum

Custard apple

La custard apple o sugar apple pertenece a la familia del anón y la chirimoya, esa que tanto se consume en España. Todas estas frutas tienen un sabor muy parecido al de la guanábana. Su pulpa es muy cremosa y más que una fruta parece un postre.

Custard apple

Custard apple o chirimoya

Custard apple o chirimoya

Guayaba

Esta es otra de las frutas que nos hizo recordar nuestra vida en el trópico venezolano. La variedad que conocíamos es la de carne color rosa, sin embargo, en Tailandia solo vimos las de pulpa blanca. El sabor es parecido pero la carne es más firme y no tan dulce. Allí la suelen comer cuando no está muy madura, con una mezcla de azúcar y chile en polvo, lo cual me recordó a la mezcla de mango verde con sal tan popular en Venezuela. En Indonesia, por su parte, solo vimos las rojas.

Thai guava

Pink guava

Durián

No podíamos dejar de lado esta fruta tan misteriosa y de la que todos hablan cuando visitan Asia. Es tan particular que decidimos dedicarle un post aparte a este manjar asiático.

Y por último, dos frutas que ya se encuentran en casi cualquier lugar del mundo y que hemos comido infinidad de veces pero que no podíamos dejar por fuera porque son las máximas embajadoras de las frutas tropicales en el mundo: la piña y la papaya o lechosa (escrito también “lechoza”).

Los árboles de papaya abundan en Malasia, Indonesia, etc., y en Tailandia es una fruta muy preciada. No solo la consumen madura sino también cuando está verde, empleándola en uno de los platos más representativos del país: la papaya salad.

Papaya en Tailandia
Lechosa roja tailandesa
Thai papaya salad
Ensalada de papaya verde

Y qué decir de la piña, esa refrescante y diurética fruta, a la cual visten de gala tallándola y haciéndola aún más guapa y provocativa.

Frutas tropicales. Piña o ananás

Esto es solo una muestra de la gran variedad de frutas que hay en el Sudeste Asiático y en el trópico en general. Por supuesto que se quedan muchas por fuera, pero ¡no alcanza el tiempo para probarlas todas!